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Hostels: refugio de nómadas - turismo urbano |
Forman parte de una modalidad de alojamiento muy difundida en el mundo, que hasta hace poco apenas se asomaba en nuestro país. Ahora, en consonancia con el crecimiento del turismo, Buenos Aires tiene cerca de cuarenta con ganas de albergar a los viajeros independientes de todas partes del planeta








  Las personas que se presentan a continuación hasta hace un mes nunca se habían visto. Hoy viven en una misma casa y no es la de Gran Hermano. Desayunan y cenan juntos, pasean, juegan al pool y algunos hasta duermen en la misma habitación.

Ben Spacey es un escocés rubio, que se lleva bien con la cerveza a cualquier hora del día. Tiene 32 años, pantalones impermeables con nueve bolsillos y zapatillas sin medias a pesar del frío. Vino a Buenos Aires porque se quiere comprar un barco para dar la vuelta al mundo, un viejo sueño de muchos. Mientras lo busca conoce la ciudad, la gente, los bares.

Miguel Chimeno es alto, de mirada celeste y tiene varios aros plateados en una oreja. Es catalán. El año último vivió en Cuba, donde trabajó en cine, y ahora está en Buenos Aires y busca trabajo como actor. Pero está a punto de cambiar los planes porque el proyecto de Ben Spacey le recordó su infancia, cuando vivía con su familia en un barco, y entonces está pensando en que quizás a él también le gustaría viajar alrededor del mundo en velero.

Así se cruzan los caminos en los hostels. Así se tuercen y cambian los destinos en estos alojamientos, lugares de paso pero, sobre todo, de encuentro. Son hoteles informales, que si bien existían en forma tímida en Buenos Aires se masificaron con el aumento de turistas el año último. Los eligen los jóvenes, en general la franja que va de los 20 a 30 años, viajeros independientes, de bajo presupuesto.

Aunque casi todos ofrecen habitaciones dobles, lo típico es dormir en cuartos compartidos, de cuatro, seis y hasta ocho camas, que se llaman dormis. Suele haber una cocina común, donde los que viajan solos encuentran compañeros de ruta por un rato mientras preparan una pasta o prueban el mate. Hay lockers para guardar valores y el resto se deja ahí nomás, en la mochila o a la vista. Muchos tienen Internet libre, mesas de ping-pong, pool o un living con biblioteca y libros en varios idiomas. Se organizan actividades y tours igual que en un hotel, pero con otro target: ir a la cancha a ver un Boca-River, tomar clases de español, contratar una gira nocturna por la escena electrónica local.

Hace dos años había tres o cuatro hostels en Buenos Aires. Hoy son cerca de cuarenta. No es posible dar una cifra exacta porque este aumento es reciente y la mayoría de los establecimientos tiene los trámites de habilitación en curso. Por eso, la lista del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires sólo tiene contados quince. ¿Tiene habitación?

Hasta la devaluación, este país era evitado sistemáticamente por los viajeros independientes, que elegían entre Chile, Perú, Bolivia, Uruguay y casi cualquier sitio de América del Sur, con excepción de Colombia porque era peligroso y la Argentina... porque era demasiado cara.

Ese precepto ya no cuenta y de un lugar casi prohibido este país pasó a ser un destino imperdible. En el primer semestre de este año, los hostels porteños ocuparon un 60 por ciento de su capacidad. Según las estadísticas del gobierno porteño, el 86 por ciento de los pasajeros de ese período fue extranjero y el resto, del interior, especialmente de Córdoba, Mendoza y Tucumán.

Olga Vides, de 35 años, es tucumana y está en Buenos Aires para asistir a un congreso internacional de investigación teatral. Cuenta que lo primero que hizo cuando llegó a Retiro fue buscar información de hostels. -Yo tuve la suerte de viajar por Europa y descubrí esta forma de hospedarme, cómoda y barata. Por suerte, ahora también hay en la Argentina -dice, mientras fuma un cigarrillo y espera turno para revisar sus e-mails.

Los hostels cuestan entre 10 y 20 pesos por persona, porque si bien no están categorizados con estrellas como los hoteles, los hay más o menos limpios, bien ubicados, con facilidades, diseñados, coquetos. Eso sí, desde hace un tiempo en todos se requiere que los recepcionistas hablen inglés. En general, no suelen tener más de 30 años.

Federico Mandelman trabaja en el Hostel Inn Tango, en San Telmo, y es fácil confundirlo con un viajero más. Tiene puestos jeans y remera. Está atento, pero relajado, con música electrónica de fondo. Dice que lo principal es tener buena onda y hacer otra cosa además del trabajo. El, por ejemplo, estudia Ciencias de la Comunicación. Le gusta lo que hace aunque sólo hay un inconveniente: le dan ganas de viajar viendo a tantos que entran y salen con mochilas y mapas.

Existe una cadena mundial, Hostelling International, que fue pionera en el tema. Tiene 4500 albergues en los cinco continentes y una veintena de alojamientos en el país, pero últimamente el fenómeno la excedió. Hoy, mucha gente con algún dinero ahorrado -en la ciudad y el interior- piensa en poner un hostel.

Ese fue el caso de Sebastián Giraldes y Diego Chávez, antiguos compañeros de escuela y estudiantes. Pero también viajeros, curiosos, que alquilaron una casa en Palermo y la reciclaron con la ayuda de un amigo diseñador. Casa Buenos Aires, un lugar íntimo y bien atendido, abrió hace apenas tres meses y en sus cuchetas, ahora mismo, duermen una sueca, un israelí y una pareja de franceses.


Competencia

En los últimos meses, la competencia es tenaz: sólo en San Telmo hay más de diez establecimientos. Entonces, cada uno ofrece servicios extra: Internet libre, transporte gratuito al aeropuerto o café durante todo el día. Hasta hay uno que tiene la primera noche gratis. Urs Siegfried eligió el Hostal Nómade, en San Telmo. Este suizo tímido y flacucho llegó hace tres semanas y está estudiando español, todos los días, de 9 a 12. Tiene 27 años, anteojos de marco moderno y una flamante licenciatura en Historia. Dice que vino porque quería conocer algún país de América del Sur y porque el cine de la Argentina le gusta mucho, especialmente El hijo de la novia, que la vio hace poco.

Es inquieto y ya anduvo bastante por Buenos Aires. Un día fue a Palermo y le gustó el barrio, los restaurantes, el glamour. Incluso, más que el tradicional San Telmo. Así que una mañana se despertó temprano y recorrió los hostels. Pero concluyó que eran más caros y volvió, con un libro de Asimov debajo del largo brazo, a Carlos Calvo y Defensa. ¿Palermo? Otra vez será.


fuente: lanacion.com
Por Carolina Reymundez
12 de octubre de 200

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